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martes, 1 de enero de 2013

La rosa de El Principito fue una salvadoreña





Encontré esta reseña en El Diario de Hoy de hace unos años atrás, escrito por Teresa Guevara de López* en el editorial de ese periódico salvadoreño. Como salvadoreña y como lectora de El Principito me llamó poderamente la atención y comparto para ustedes. 

Titulado: Una salvadoreña: Consuelo Suncín


Reside en México, donde se rodea de escritores e intelectuales de renombre, y es Alfonso Reyes, el humanista homérico quien la trasplanta a París, donde brilla como estrella de primera magnitud
Todos los salvadoreños saben quién es la Tenchis, pero pocos conocen a Consuelo Suncín, condesa de Saint-Exupery, nacida en Armenia y a quien Claudia Lars describe como “una niña que a los 10 años conversaba como persona mayor, con una emoción cargada de hechizos”. Al hablar del futuro, Claudia soñaba con escribir lindos versos para ser una persona famosa. Su vecina, Mélida Pala-cios deseaba estudiar una profesión importante. Consuelo, con acento de profecía dijo que “quería ser reina, vestida de oro y plata, con collares de piedras preciosas”.

En los últimos años se han publicado varias biografías de la condesa de Saint-Exupery, que desdibujan su figura por estar basadas en anécdotas poco confiables, teñidas con el atractivo del escándalo, para presentar una falsa imagen de la mujer a quien Antoine de Sainte-Exupery, aviador intrépido y famoso escritor, inmortalizó en su libro “El Principito”, en la figura de la rosa, la flor coqueta, despeinada y mentirosa, que decía ser única en el mundo, pero a quien él mimaba y protegía “porque las flores son tan contradictorias y él era aún muy joven para saber amarla”.

En un estudio realizado por el Dr. Francisco Mena Guerrero se cuenta que para cumplir su sueño de conocer al rey de Holly-wood Rodolfo Valentino, Con-suelo consiguió una beca para viajar a Los Ángeles a estudiar. Allá asistió a un espectáculo donde bailaba su ídolo, al que envió una notita diciendo “he viajado desde El Salvador para conocerle y quiero bailar con usted”. 

Posteriormente reside en México, donde se rodea de escritores e intelectuales de renombre, y es Alfonso Reyes, el humanista homérico quien la trasplanta a París, donde brilla como estrella de primera magnitud, como parte de “la belle époque” que proyectaba sus últimos resplandores sobre un mundo caduco que se derrumbaría con la Primera Gue-rra Mundial. 

Decía el escritor Germán Arciniegas, embajador entonces de Colombia en Francia, que “todo el mundo hablaba de Consuelo como de un pequeño volcán de El Salvador que arrojaba su fuego sobre los techos de París”. Se mueve con naturalidad en exigentes círculos intelectuales, donde frecuenta a Rubén Darío, Paul Verlaine, André Gide, André Maurois, Dali y Picasso y se convierte en una escultora notable. Contrae matrimonio con Enrique Gómez Carrillo, elegante escritor guatemalteco de efervescente simpatía, viajero infatigable, célebre por sus aventuras y matrimonios con mujeres famosas. A su muerte, Consuelo viaja a Buenos Aires para un homenaje póstumo a su marido y asegurarse una pensión como viuda de quien fue cónsul honorario de Argentina en París.

Allí conoce al conde de Saint-Exupery, noble, diplomático y escritor, quien después de un entrenamiento de hora y media, pudo despegar un avión desconocido, haciéndose aviador para escapar a la estupidez de la vida de las ciudades, a la detestable sociedad moderna que convierte a los hombres en rebaño. Ha llegado para iniciar la gran aventura del correo aéreo, en arriesgados vuelos trasatlánticos. Al coincidir en una recepción, invita a Consuelo a volar con él para ver de cerca las estrellas y el Río de la Plata desde las nubes. Ya en el aire, la chantajea al proponerle matrimonio o hacer caer el avión cuyos motores ha apagado.

La nueva vida no será fácil, ya que el aviador audaz es manejado por su madre, sus hermanas y las conveniencias sociales de un estrecho círculo aristocrático, que no acepta su matrimonio con una desconocida extranjera. Fijan y cambian varias veces la fecha de la boda, que al fin se realiza en Niza y en el Castillo de Agay, propiedad de su cuñado Antonio, quien describe a la bella novia, que se ha vestido totalmente de negro, como “encantadora, llena de una inagotable vitalidad, constante fuente de poesía, encarnada por “El Principito” en el personaje de la rosa”.

Esta aventura, será relatada por la propia Consuelo, en sus “Memorias de la Rosa”, publicadas al cumplirse 25 años de su muerte y del centenario del nacimiento de su esposo para “devolverla al lugar exacto que ocupó siempre al lado de quien edificó su vida sobre su amor” y será el tema de otro artículo.

Memorias de la rosa

Por Alan Riding
The New York Times
PARIS 
Pionero de la aviación, autor de best sellers , ídolo romántico, Antoine de Saint-Exupéry gozó en vida de una fama sólo superada por su celebridad póstuma. Su misteriosa desaparición el 31 de julio de 1944, durante un vuelo de reconocimiento sobre la Francia ocupada, y el posterior éxito mundial de El principito hicieron de él un mito que, desde entonces, ha subyugado a los franceses.
Fuera de su país, aún se lo recuerda, sobre todo, por la magia de El principito . En Francia, más que al escritor, se venera al hombre. Su vida ostentosamente aventurera y el sacrificio de su muerte son temas constantes de notas periodísticas, libros y exposiciones. Su imagen circula en los billetes de 50 francos. "Representa el heroísmo, la aventura y la poesía", explicó su sobrina nieta, Nathalie des Valliéres, en la inauguración de la muestra "Antoine de Saint-Exupéry: celebración de un mito", montada en el Panteón para conmemorar el centenario de su nacimiento, acaecido el 29 de junio de 1900.
Inesperadamente, desde el pasado, una voz ha venido a perturbar este aniversario: la de su viuda, Consuelo Suncín Sandoval, condesa de Saint-Exupéry (le complacía que la llamaran así), fallecida en 1979. Aun en vida fue extirpada, en gran parte, de la biografía oficial de Saint-Exupéry. Ahora, la publicación de La memoria de la rosa ha revelado, por fin, su versión de sus tormentosos trece años de matrimonio. Escribió el libro en 1945, con sus recuerdos todavía recientes, pero al parecer nunca intentó publicarlo. En verdad, no se sabe con certeza si alguien lo había leído antes de que José Martínez Fructuoso, su heredero y ex mayordomo-secretario, encontrara el manuscrito, en 1997, guardado en un viejo baúl junto con fotografías, cartas y otros documentos de la década del 30 y comienzos de la siguiente.
Como era de prever, el libro ha causado sensación. Saltó directamente a la cabeza de la lista de best sellers de Francia, dentro de su categoría. Arroja una nueva luz sobre la personalidad compleja de Saint-Exupéry y el papel que cumplió Suncín en su vida y sus escritos. En 275 páginas cargadas de amor, pasión, traición y tragedia, la beldad salvadoreña reclama su lugar en el mito Saint-Exupéry.
"La relación entre ambos es esencial para comprender al escritor. Sin Consuelo, ¿él habría sido realmente lo que fue? ¿Qué importa si el mito se desmorona un tanto, si el retrato aquí presentado no es idéntico al que se preparó tan cuidadosamente para la posteridad?", comenta Alain Vircondelet, biógrafo de Saint-Exupéry que persuadió a Martínez Fructuoso de que permitiera la publicación del manuscrito.
Tampoco sorprende el disgusto de los familiares sobrevivientes de Saint-Exupéry (los hijos y nietos de su hermana Gabrielle) por el retrato que pinta Suncín de su marido, como un mujeriego que a menudo la abandonaba por largos períodos sin darle explicaciones. "Nada dice de sus propios amantes. Se queja mucho, pero siempre se aprovechó alegremente del apellido Saint-Exupéry, aun después de haber enviudado", objeta Nathalie Valliéres.
La bella salvadoreña
Con todo, más que una denuncia escandalosa contra su esposo, el libro es una crónica de los altibajos emocionales de la pareja desde su primer encuentro en Buenos Aires, en 1930, cuando Saint-Exupéry literalmente arrebató en pleno vuelo a aquella joven de veintinueve años, dos veces viuda: a las pocas horas de haberse conocido, mientras sobrevolaba la ciudad haciendo rizos, le declaró su amor y su deseo de casarse con ella. Por entonces, había avanzado más en su carrera como piloto de una compañía francesa de correo aéreo que cubría América del Sur que en la de escritor. Había publicado su primer libro, Correo del Sur , en 1929. El éxito parisiense le llegó con Vuelo nocturno en 1931, ya de regreso en Francia para casarse con Suncín.
Consuelo nos da una idea aproximada de las andanzas de su marido, pero en su relato prevalece su perspectiva personal. Cita el comentario desfavorable que André Gide (prologuista de Vuelo nocturno ) hizo sobre ella en su diario: "Saint-Exupéry regresó de la Argentina con un nuevo libro y una novia. Leí el libro, vi a la otra. Lo felicité, sobre todo por el libro". Consuelo le devuelve el cumplido.
Al parecer, la llamativa centroamericana no fue bien recibida en el círculo social e intelectual de su esposo. Se acostumbró a que él la dejara en casa cuando iba a cenas y fiestas en su honor. Si lo acompañaba, solía encontrarlo rodeado de mujeres hermosas a las que incomodaba su presencia. Descubrió que él no deseaba compartir su gloria con nadie: "Nada hay más personal para un artista que su creación -escribe-. Aunque le hayas dado tu juventud, tu dinero, tu amor, tu coraje, nada te pertenece".
Saint-Exupéry pronto volvió a volar. Ella conoció la espera angustiada que vivía la esposa de un piloto en aquellos tiempos de la aviación. Antoine se estrelló en el Mediterráneo en 1933 y en el Sahara en 1935. Harta de la prolongada relación de su esposo con una mujer, a la que siempre llama "E.", decide divorciarse, pero al llegar a Guatemala, camino a El Salvador, lo encuentra en un hospital, malherido de resultas de otro accidente aéreo, esta vez en un vuelo de Nueva York a Tierra del Fuego.
Pasión y Consuelo
Al avanzar el relato (fines de los años 30, estallido de la Segunda Guerra Mundial, ocupación de Francia, partida de Saint-Exupéry a los Estados Unidos y posterior arribo de Consuelo), se establece la pauta de rupturas y reconciliaciones conyugales. Aunque ella apenas si menciona muchos de sus libros, Saint-Exupéry le debe el haber encontrado, finalmente, el tiempo y la tranquilidad necesarios para escribir gran parte de El principito . El título de sus memorias indica que Consuelo fue muy consciente de que ella era la rosa roja, espinosa, con la que el principito mantiene una relación tan ambigua (tanto más al descubrir, como Saint-Exupéry, que hay muchas rosas hermosas en otros planetas). Sin embargo, en 1943, antes de partir para incorporarse a la Francia Libre, él le prometió que algún día transformará la rosa espinosa "en la princesa soñada que siempre espera al principito".
Muerto Saint-Exupéry, Consuelo retorna a Francia, a reclamar su parte en la herencia. Publica Oppéde , crónica de su vida, sin Antoine, en una comunidad de artistas del sur de Francia durante la ocupación nazi. Se dedicó a la pintura y asumió el papel de viuda del héroe caído. Su suegra, Marie, fue el único miembro de la familia Saint-Exupéry que no se alejó de ella. "ƒl era su pasión, el amor de su vida y, desde el momento de su muerte, su obsesión. La historia oficial la olvidó un poco. Los numerosos biógrafos de Saint-Exupéry apenas si hablan de ella: ni siquiera venían a entrevistarla. Sin embargo, ella fue la piedra angular de la vida de Saint-Exupéry", recuerda Martínez Fructuoso.
Según dice el ex mayordomo, el baúl en que halló el manuscrito también guardaba numerosas cartas de amor de Antoine. Le pertenecen como heredero pero, conforme a las leyes francesas, sólo los parientes directos del aviador pueden autorizar su publicación. Hasta ahora, no han expresado el menor interés. Pese a la atención suscitada por La memoria de la rosa y la publicación, por la misma fecha, del libro ilustrado de Vircondelet Saint-Exupéry. Oh, Consuelo , la familia todavía no la admite en su seno.
"Saint-Exupéry era un astro, un narcisista -dice Alain Braun, que ayudó a montar la muestra en el Panteón-. Se vio a sí mismo como un héroe y un genio, y decidió serlo. Luego, murió por Francia."

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